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Flujo de tiempo atrapado

septiembre 11, 2011

Ha sido y es la exposición de este verano. La retrospectiva de Antonio López en el museo Thyssen de Madrid se ha convertido en un éxito en cuanto al número de visitas se refiere, hasta el punto de tener que guardar largas colas para comprar una entrada del día siguiente.

Terraza de Lucio, 1962-1990

Quizás sea que esta ha sido la segunda gran muestra del pintor en su ya dilatada carrera lo que ha movido a tanto público, quizás sea el estilo realista, fácil de identificar, incluso de impresionar al espectador, el cual apenas puede reprimir el repetitivo comentario de “parece una foto”. Pero hasta el más lego en arte, al ver esos cuadros que parecen fotografías se pregunta por qué si tan fotográficas son las obras, Antonio López no se ha dedicado a la fotografía en vez de dedicar toda su vida, de forma incansable, a plasmar en lienzos, arcilla, madera o bronce la realidad con tanto detallismo, un detallismo que acaba siendo descarnado porque es el detalle del fallo, del polvo, de la suciedad, de la arruga, es un detallismo que supura verdad.

Campo del Moro, 1990-1994.

Y el propio autor tampoco nos ayuda demasiado a resolver el enigma, de hecho, él mismo es un reflejo de su obra, se presenta como el culmen de la sencillez, como un trabajador más, y sin embargo, si es un hombre tan común, ¿cómo es capaz de albergar una paciencia que parece infinita, solo propia de algún eremita o monje cartujo de una época remota? Él parece portar este don especial, ya casi desaparecido, en un cuerpo enjuto, con mirada serena, sin aspavientos, ni aires de artista.

Membrillero, 1992.

Visitar la exposición y querer destacar algo se hace un imposible. Es verdad que hay una verdadera brecha entre sus obras de juventud y las de madurez. La primeras, más surrealistas, más barrocas, quizás con esa pretensión que nos otorga la juventud. Por el contrario, las obras de madurez son más serenas. Pero tanto en unas como en otras se da un fenómeno común, y es que todas ellas encierran una atmósfera de tiempo detenido y en constante cambio a la vez.

Taza de váter y ventana, 1968-1971.

Este sinsentido o idea contradictoria construye una serie de sensaciones que son, en definitiva, lo que Antonio López regala al visitante de su retrospectiva. Él dilata en el tiempo, a veces durante años, sus pinceladas. Pinceladas, que en realidad reflejan el rápido flujo del tiempo. Lo vemos en los membrillos, en las ciudades en expansión, en la piel de las personas. Todo es perecedero, y López lo atrapa, pero no lo congela para la posteridad, no se queda en lo puramente tangible, sino que va más allá, lo que atrapa es esa sensación de cambio, el devenir del tiempo, de ahí, que con lo que salimos de la visita no sea con el recuerdo de algo en concreto, sino con la mezcla de una sensación de admiración y desasosiego. De pocas exposiciones podemos salir con este regalo único y preciado, la pena es que muchos se quedan solo en el detalle del virtuosismo de su pincelada.

Antonio López

Hasta el 25 de septiembre de 2011.

Museo Thyssen

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