Skip to content

La esencia de lo desapercibido

marzo 13, 2011

Monsieur  Chardin debía ser cocinero o un hombre de buen comer porque más allá de sus naturalezas muertas en las que cada elemento ocupa un espacio milimétricamente estudiado, la mezcla de alimentos, incluso la elección de los utensilios de cocina no son ni mucho menos fruto del azar.  En cada lienzo se percibe la textura e incluso el olor de unos ingredientes que parecen sacados de un recetario secreto, revelados a golpe de pincel en imágenes de una delicadeza sublime.

La cesta de fresas salvajes. 1760.

 

Sus bodegones, deudores de la pintura holandesa del siglo XVII, no responden al paso del tiempo barroco, sino al intento de extraer la esencia de la pintura a través de la minuciosidad de un artesano, y esto es algo mucho más complejo de lo que podríamos pensar acerca de un género considerado “menor” dentro de la historia de la pintura. El porqué es evidente, no hay nada más conceptual que los olores y sabores, elementos completamente abstractos surgidos de elementos tan reales y palpables como los alimentos. Y la tarea de Chardin es todavía más ardua ya que es la vista, el sentido que más nos esclaviza, la encargada de hacernos recorrer ese mismo camino, y así, de su pintura realista se desprenden sensaciones totalmente abstractas.

La raya. 1725/26

Y este viaje lo hace, no sólo en sus cuadros de naturalezas muertas, sino que sus  pinturas costumbristas son también bodegones de la vida cotidiana. No hay  grandes diferencias entre sus pinturas, sino simple adaptación a las necesidades, a lo que demandaba el comercio del arte. Lo que sí es novedoso es el hecho de recoger el tema de la infancia y la adolescencia, que hasta el siglo XIX no comienza a ser considerada una etapa vital, ya que se pasaba de la niñez al mundo adulto directamente, sin poner énfasis en un período de transición tan decisivo en la vida de una persona.

La joven maestra de escuela. 1735/36.

Ese gusto por recoger las cosas que pasan desapercibidas parece ser lo que a él le atrae, todo en un sepulcral silencio, casi como un espejo del discreto Chardin, mucho más autobiográfico de lo que la aparente distancia de los bodegones impone. Un pintor dedicado al arte de la pintura, de representar materia a través de la materia, sin la necesidad de narrar grandes relatos o de guardar mensajes enigmáticos. Una rareza en el siglo de las luces y su imposición académica.

La tabaquera o Pipas y jarra para beber. 1737.

A quien le guste realmente la pintura debería acerarse a Prado a conocer a Chardin, en una exposición menos bulliciosa de lo habitual (evidentemente no es una exposición de un “pintor estrella”), pero precisamente por ello el descubrimiento será más agradable. Chardin se abrirá al espectador sin ningún tapujo, su constante interés en las mismas cosas nos descubren una gran sinceridad, él muestra lo que realmente le interesaba, y cuando la necesidad apretaba, sus novedades las llevaba a su terreno, el de la serenidad, el silencio y los momentos poco o nada heroicos, esas pequeñas cosas donde sí se encuentra lo verdaderamente trascendental.

Chardin (1699-1779)

Hasta el 29 de mayo de 2011

Museo Nacional del Prado

 

 

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: