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Piccolo Federico

noviembre 4, 2010

Visito bastantes exposiciones de artistas de muy diferente índole y finalmente me doy cuenta de que una gran mayoría se ha quedado con mucha más cantidad del niño que todos  guardamos dentro que el resto de los mortales, de tal manera, que cuando crean algo, el niñito sale a la superficie con más o menos descaro. En el caso de Federico Fellini, esta niñez estirada es más que descarada, de hecho, se puede considerar  la clave para entender toda su genialidad.

Federico Fellini, 1955.

En la exposición de Caixa Forum, que es realmente una disección de todo el imaginario felliniano, esta tesis queda demostrada. Cada una de las obsesiones que se repiten una y otra vez en el repertorio de Fellini, y el modo que tiene de presentarlas  en sus películas, es de un infantilismo tan perverso, inquietante, insolente y tierno que sirve para sostener el magnetismo del creador con sus espectadores.

Cartel español de La Dolce Vita, ilustrado pr Jano, 1960.

Esa larga niñez que se mantiene en la madurez tiene su representación gráfica en la influencia del cómic y la caricatura a lo largo de toda su carrera, de ahí que los personajes de sus películas son presentados grotescamente y con un simbolismo sólo lógico en el Universo Fellini. Pero este hecho no debe desalentarnos porque  lejos de construir películas impenetrables, el italiano es un maestro de la narración y es por eso que, incluso en las situaciones más inverosímiles, acabamos viéndolo todo bajo el cristalino del director, encontrando sentido a lo que en circunstancias normales no lo tendría .

Gracias a él redescubrimos el cuerpo femenino con la misma agitación con que lo haría un chiquillo. Nos topamos con problemas serios que evitamos junto a Fellini porque son más propios de esa responsabilidad adulta que él tanto detesta. Y por último, releemos la vida como si ésta fuera un continuo juego, a veces divertido y otras cruel.

Fotograma de Amarcord, 1973.

Ese es Fellini, un chico grande, un eterno púber con un talento inmenso que ha creado escuela entre los muchos cineastas a los que les gusta trabajar personajes con poca evolución pero delicadamente construidos. Opción muy respetable, de hecho, a mi me encantan estos personajes, porque además, en el fondo a todos nos cuesta cambiar nuestra personalidad repleta de manías. Pero esa carcasa grotesca con la que el maestro protege a sus personajes, fue lo que condujo a que lo acusaran de cineasta no comprometido. En realidad, lo que no supieron ver sus detractores fue que bajo esa costra de irrealidad, lirismo y surrealismo con la que decoraba ostentosamente sus filmes, el retrato de las almas que él hacía era mucho más realista que algunas de las obras “comprometidas”, muchas veces tan densas, idealizadas  y complicadas de seguir.

Fellini se fijó en el hombre no intelectual, algunas de sus películas son un  desfile de esperpentos, se adelantó a la moda freak y al reality show, por ello vemos  una cierta cercanía a la televisión en su fondo, no en su forma, mucho más afín a la novela gráfica, ya que la estética felliniana es tremendamente cuidada.  Quizás éstas son las razones  por las que siempre encuentro conexiones con el  pop en sus películas, a veces tan cercanas a las galerías de personajes de Warhol, pero no como coleccionista de objetos-personas tal como hacía el americano, sino como vehículos para  encontrar ideas perdidas  en subconsciente del propio Fellini. Sus películas son un viaje por la mente del director, es admirable la desnudez que hace de sí mismo sin ningún pudor.  Él utiliza el cine para indagar en su propio interior, y el resultado es una construcción onírica con la que el espectador se siente identificado en silencio.

Ocho y medio, 1963.

Seguramente, después de visitar la exposición y desgranar a Fellini, salgamos pensando que no hay tanta locura en Amarcord, ni tanta frivolidad en la Dolce Vita, ni tanta invención  en 8½. También es cierto que es  mucho más fácil entenderlo todo cuanto más vivo mantengamos al niño que llevamos dentro, pero es mucho más impactante vivirlo desde el adulto que se descubre tan lejos de su infancia, y que en la oscuridad del cine se ruboriza , se sonríe y se entristece al recordarla. En la exposición hay que hacerlo con más disimulo, y al aparecer todo despedazado como en una carnicería se pierde cohesión y también intimidad, tanto de uno mismo como con Fellini. Lo suyo es ir a intentar comprender la muestra y después, dejarse llevar por las obras del maestro.

Federico Fellini, el circo de las ilusiones.

Hasta el 26 de diciembre de 2010

Caixaforum Madrid

 

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2 comentarios leave one →
  1. febrero 28, 2011 1:39 pm

    un gran blog, muy interesante y muy bien escrito. felicidades.zzjtj

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