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Una dosis de utopía, por favor

octubre 17, 2010

¡Qué sensación tan fabulosa se experimenta al adentrarse en un espacio en el que hay una tensa lucha entre el orden y la locura!. De alguna manera surge una imposibilidad de definición que acentúa el misterio, y por tanto, suscita un interés mayor por un personaje poco conocido por el público general como Buckmisnter Fuller (1895-1983).

Este hombre entre ingeniero, arquitecto y mecánico fue una de esas almas perdidas con las que a uno le encantaría haberse cruzado alguna vez en la vida. Autodidacta y concienzudo, su obra sobrepasa cualquier catalogación, a lo sumo se le puede entroncar con los utópicos decimonónicos como Étienne-Louis Boullée y Claude-Nicolas Ledoux. Casi todos lo hemos conocimos por su famosa cúpula geodésica que culminó con la construcción del grandioso pabellón de Estados Unidos en la Exposición Universal del Montreal en 1967, pero probablemente su mayor logro fue el concepto mismo que tenía de la vida.

 

 

Cartel de la Expo'67 con el Pabellón de Estados Unidos de Buckminster Fuller

 

Su ingenio representa perfectamente ese optimismo tecnológico de los años cincuenta y sesenta, y probablemente aquellos trepidantes años de carrera espacial fueron lo que le llevaron a concebir el planeta Tierra como una nave en donde el ser humano ha de convivir, y lo suyo es que lo hiciésemos todos en unas condiciones dignas, cosa que aún no ocurre y que si Buckminster Fuller supiera le dolería en el alma.

Estoy convencida de ello porque él, en realidad no pertenecía a aquella época que duró hasta el 73, cuando la crisis del petróleo y las primeras oleadas de concienciación ecológica dieron al traste con aquella idealización del progreso. Él iba más allá. Yo encuentro en Fuller un gran paralelismo con los que disfrutamos de nuestra niñez en los años setenta y ochenta y todavía pudimos soñar con la idea de que en el siglo XXI todos nos desplazaríamos en coches voladores. Veíamos a los Supersónicos en las reposiciones televisivas y no considerábamos aquella posibilidad tan descabellada. Claro, nosotros éramos niños, “Bucky” era un genio que sufrió aquel atropello contra la tecnología en su madurez, y aún así, como nosotros, también mantuvo esa ingenuidad utópica que hoy nos ha traído a la era de lo digital. Pero no hay que olvidar que él iba muy por delante y que además de ser un soñador, era un hombre comprometido,  de ahí que Buckminster Fuller ya fuera consciente del problema del espacio y de la limitación de las materias primas, dos cuestiones que tuvo siempre presente en cada uno de sus proyectos, algo que me hace estar tan segura de su decepción de la actualidad. ¡Cuánto habría sufrido con el derroche innecesario de las últimas dos décadas! Esas de bonanza construida de mentiras.

 

 

Dymaxion car, prototipo de coche creado por Buckminster Fuller en 1933 y reconstruido por Norman Foster.

 

 

No hay tiempo de volver atrás pero sí de visitar esta exposición que recomiendo encarecidamente, primero, porque es diferente a cualquier otra, segundo, porque descubrirán que lo que hoy parece un guión novedoso ya lo había escrito Buckminster Fuller, y por último, porque verla es poder creer que las utopías del presente pueden ser una posibilidad factible en un futuro, y esto aporta una recarga de optimismo verdaderamente necesaria en nuestro tiempo de descreencia salvaje.

 

Space I: Bucky Fuller & Spaceship Earth

Hasta el 30 de octubre de 2010

Sala de exposiciones Ivory Press

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