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Descubriendo a Matisse

julio 20, 2009

Muchos grandes artistas, en algún momento de su vida, se encuentran con un enorme obstáculo: ellos mismos. Cuando se ha llegado a la cumbre en la primera etapa de una carrera, cuando parece que ya se ha hecho todo, que incluso se ha conseguido revolucionar un lenguaje, tras toda esta gloria, queda el peso de superarlo, y en muchas ocasiones eso es sencillamente imposible.

A Matisse le ocurrió eso. En su primera etapa fue aclamado por el público y la crítica como un gran genio del siglo XX, siempre pidiendo permiso a don Pablo Picasso, que si es por todos reconocido como la figura más importante del arte del siglo XX, Matisse no le fue a la zaga nunca. Pero la cosa cambió cuando en 1917 el Matisse maduro decidió hacer las maletas y marcharse a Niza dejando atrás a un París demasiado castigado por la Gran Guerra.

Interior con violín, 1918.

No se ha entendido esa etapa intermedia, no se ha querido profundizar en ella porque se creía que tras los retratos y los paisajes, los desnudos y las naturalezas de aquel Matisse “ex-cosmopolita” lo que se hallaría sería a un pintor venido a menos, uno más entre un millón, en definitiva, ni una sombra de lo que fue. Los hombres “modernos” de la urbe creyeron que Matisse se había convertido en un burgués acomodado en un ambiente pueblerino dedicado a pintar simples cuadros decorativos, muy lejos éstos de su inicial insistencia por la investigación pictórica, su intelectualismo y su liberación de la Academia.

Ese miedo infundado ha mantenido oculta y en silencio la obra de este segundo periodo en la carrera de Matisse que ahora se expone en el Museo Thyssen. Y los temores se desvanece en cada cuadro, cada dibujo, cada grabado, cada escultura de esta exposición, donde se descubre a un Matisse íntimo que lucha consigo mismo recuperando los volúmenes para diluirlos después y finalmente dejar ganar a su traviesa línea. Composiciones extravagantes, colores sofisticados, dibujo valiente. Estos sí que son cuadros con “Lujo, calma y voluptuosidad”

 

Odalisca con pandereta. 1925-26.

Muy al contrario de lo que se pensaba, en este periodo Henri Matisse no se desprende de sus hallazgos anteriores, simplemente va un paso más allá. Redescubre el placer de inundar sus cuadros de la luz del sur, de reencontrarse con Delacroix e Ingres, de experimentar con el uso de los colores como planos que se cortan y que más tarde le llevarán a crear, ya en su última etapa, los famosos papiers découpés.

La potencia de estos cuadros radica en la genialidad del pintor frente al lienzo, que se muestra sincero consigo mismo y disfruta del arte de la pintura. No necesita demostrar nada, sólo ser él mismo: Henri Matisse dejándose llevar por los dictados de su alma.

Naturaleza muerta con mujer durmiendo. 1940.

Hasta el 20 de septiembre: Matisse. 1917-1941.
Museo Thyssen-Bornemisza
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