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Rembrandt: obra y milagros

noviembre 9, 2008
La exposición estrella de la temporada debería ser sin duda la de “Rembrandt, pintor de historias” que acoge el Museo del Prado hasta el 6 de enero. El Museo del Prado se ha tomado el trabajo de organizar una exposición de este genial holandés, escasamente representado en este Museo (la colección sólo cuenta con “Artemisia” de 1634), y nos lo presenta como a un pintor de historias. No es que Rembrandt fuera un cuentista, más bien fue un hombre culto, que conocía muy bien tanto la mitología clásica como las historias bíblicas, y que se aprovechaba tanto de unas como de otras para expresarse como el artista intelectual que era.
 

Artemisia. 1634.

A Rembrandt hay que entenderle dentro de una Holanda próspera, cuyas actividades comerciales le propiciaron el conocer la obra de otros grandes maestros gracias a las estampas y el mercado del arte. Una Holanda muy compleja, sobre todo en cuanto a la religión: calvinistas radicales con esa doble moral capaz de castigar severamente a los pecadores mientras conspiraban con los banqueros judíos.
Uno de los aspectos que más se enfatiza en la exposición es la admiración que Rembrandt sentía por Rubens, el pintor flamenco más famoso y adinerado de Europa. Un hombre hecho a sí mismo, que viajó de corte en corte como embajador y a la vez consiguiendo encargos para su taller como buen marchante. Un pintor de formas rotundas y sensuales, lleno de fuerza y vitalidad, cuya alegría de vivir se ve reflejada en sus cuadros. Sin embargo, por mucho que nos recalquen en las cartelas la admiración de Rembrandt por Rubens, en la exposición no quedan claras ni las semejanzas ni las diferencias entre ambos maestros, ni cómo un genio alaba a otro mientras busca su propio lenguaje. Para empezar, los textos son insuficientes e ilegibles, y tampoco ayudan las obras de Rubens, Ribera, Tiziano, Veronés ni Velázquez metidas con calzador no sé muy bien para qué, a fin de cuentas las comparaciones son odiosas, pero es que además, éstas sólo parecen rellenar huecos en las paredes.
Aunque lo peor es ver una exposición ni más ni menos que de Rembrandt, maestro entre maestros de la iluminación, que tiene que sufrir los destellos de unos focos mal dirigidos que hacen imposible contemplar las obras en todo su esplendor, con un color para la pared soso y cansino, que desmerece unos lienzos de donde emergen los verdaderos focos de luz, que se hubieran potenciado mucho más si las paredes fuesen de un color tostado oscuro.
De nuevo nos acude a la mente esa sombra que se cierne sobre los nuevos métodos de marketing de los museos. La exposición se realiza en la ampliación del Prado, ampliación que nos deja boquiabiertos al entrar en el espacioso hall con una librería moderna y una gran cafetería. Con unas paredes bermellón en las que destacan las blancas esculturas clásicas creando una teatralidad admirable. Pero, ¿aumentar los metros cuadrados del museo no era para dar más espacio a la colección y las exposiciones temporales? Parece más rentable vender souvenirs y cobrar ocho euros por ver una exposición en unas salas llenas de recovecos donde se acumula el público.
Aunque no voy a despacharme así, no sería justo, porque a pesar de los fallos expositivos, de los que Rembrandt no tiene culpa, merece la pena ver las obras de un pintor entre pintores como él.
Un pintor obsesionado consigo mismo y el paso del tiempo (se conservan muchos autorretratos suyos), pero sobre todo, un pintor cuyas figuras brillan con luz propia porque ellas son las que iluminan sus cuadros y no al revés, no hay que buscar fuentes de luz que las iluminen a ellas. Un hombre convencido de que su trabajo terminaba cuando lo importante se entendía, y no cuando todo estaba relamido al detalle, ¡para qué sobrecargar escenas distrayendo al espectador! 

Autorretrato como Zeuxis o como Demócrito. 1667-68.

Hay algo en el recorrido de la exposición que me gusta mucho: cómo la vida íntima de Rembrandt es inversamente proporcional a la complejidad emocional de sus figuras. Rembrandt se casó con Saskia, una mujer con una buena dote matrimonial que sacó de los apuros económicos al pintor. Su vida entonces era cómoda, incluso se veía a sí mismo (y así se representó) como un nuevo rico, un hombre acomodado incapaz, sin embargo, de representar el alma de su esposa. Ella es su modelo pero es casi un maniquí, no hay una relación profunda entre ellos. Saskia muere y a Rembrandt le deja su bien más preciado, su hijo Tito, aunque nada de dinero. Vuelve a caer en la ruina pero conoce a Hendrickje, una muchacha de la que se enamora locamente y que se convertirá en su concubina. Una mujer que es la Betsabé más hermosa de la Historia del Arte. Desdichada, triste, pero con alma, el alma retratada y por la que Rembrandt se convierte en un artista único.
 

Betsabé. 1654.

Si la exposición como andamio (instrumento que sustenta) no funciona demasiado bien, la obra del genial artista se mantiene bien erguida por sí misma como si de un milagro se tratara. Son cuadros íntimos (no esperéis ver los grandes encargos de Rembrandt como “La ronda de noche” o “Lección de anatomía del doctor Tulp”), pero sí obras que hablan de un hombre capaz de tomar la historia y darle un carácter personal, como si él hubiera sido testigo de ella. Es tan cercana la angustia de Jeremías o tan real el dolor de Sansón, que sí, en el título no han errado, Rembrandt es posiblemente el mejor pintor de historias. 

Jeremías lamenta la destrucción del Templo. 1630
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